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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

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El hijo de nadie * 



«Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor 
me recibirá en sus brazos» (Salmos 27: 10, NVI). 



DATOS DE INTERÉS 

•* Moldavia se encuentra al 
oeste de Rusia y tiene por 
frontera a Ukrania y Ruma- 
nia. Tiene una población de 
4.5 millones. Chisinau, la 
capital y la ciudad más gran- 
de de Moldavia, tiene aproxi- 
madamente 1 millón de 
habitantes. Desde el 2006, 
casi 12,000 adventistas viven 
en Moldavia, o sea, un adven- 
tista por cada 383 personas. 
•* La lengua oficial es el 
moldavo, que se asemeja 
bastante al rumano. Sin 
embargo, la mayoría de las 
personas aún hablan el ruso, 
desde la era soviética. 
•* El grupo religioso más 
numeroso es el cristiano orto- 
doxo, lo que comprende 
justo un poquito menos que 
la mitad de la población. 
Otras denominaciones cristia- 
nas totalizan alrededor del 1 5 
por ciento de la población. 
•* El país tiene tierras ricas y 
un clima cálido, lo cual hace 
posible producir cosechas 
abundantes de frutas y ver- 
duras, especialmente uvas. 



Yura, un niño de doce años, sabe lo que es estar 
desamparado, rechazado, y no tener casa; ser un 
hijo de nadie. Ahora está aprendiendo lo que es 
ser aceptado y amado por Dios y sus amigos. 

Una vida difícil 

Yura nació en un pueblito de Moldavia. 
[Localice Moldavia en el mapa.] Desde pequeño 
tuvo que trabajar mucho para ayudar a sus pa- 
dres. La vida de Yura no era muy feliz. Cuando su 
mamá murió, el padre lo mandó a un internado 
de gobierno especialmente para niños cuyos pa- 
dres no pueden cuidar de ellos. El colegio tenía 
otros 600 internos y ninguno se fijaba en Yura. A 
nadie parecía importarle si él se sentía solo, ni 
nadie lo tomaba en cuenta cuando se sentaba en 
un rincón a llorar. 

Yura decidió escaparse del colegio y volver a su 
casa; pero al llegar el papá sólo lo regañó y lo 
regresó al internado. 

Yura estaba muy decepcionado de tener que 
vivir en el instituto para niños. Como lo trataban 
muy mal, se volvió a escapar y nuevamente regre- 
só a su casa. Pero al llegar, sólo encontró que su 
padre se había casado con otra mujer, y ella no 
quería tenerlo ahí. Una vez más el padre de Yura 
lo llevó al internado, pero esta vez firmó los docu- 



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mentos necesarios para quitarse com- 
pletamente la responsabilidad referente 
a su hijo. Imagínense saber que su pro- 
pio padre no los quiere. ¿Cómo se sen- 
tirían? [Deje que responda un niño.] 

El prófugo 

Yura fue llevado a vivir a un orfana- 
torio, pero todavía no estaba contento. 
Otra vez escapó y fue con su papá. De 
nuevo intentó decirle a su padre lo feo 
que era vivir en el orfanatorio. El papá 
permitió que Yura quedara en casa un 
par de días mientras le buscaba un 
hogar. 

— ¿Acaso nadie me quiere? — se pre- 
guntaba el niño — . ¿Acaso no perte- 
nezco a nadie? 

El padre lo llevó de nuevo a la ciudad 
donde el trabajador social lo llevó a su 
nuevo hogar. Yura se preparó para 
enfrentar una vez más otro orfanatorio 
sucio y para lidiar con los tormentos de 
los demás niños. Pero se sorprendió 
cuando el oficial se estacionó junto a 
una casa, una verdadera casa. Al entrar, 
observó que los pisos estaban limpios y 
recién pulidos; las paredes pintadas con 
colores radiantes que reflejaban un am- 
biente alegre. La madre del hogar lo sa- 
ludó con una sonrisa y le presentó a al- 
gunos de los muchachos, quienes le die- 
ron la bienvenida y enseñaron la casa. 

¡Guau!, pensó Yura, ¡este lugar sí que 
es diferente! Y sí lo era. 

Un hogar de esperanza 

Los niños charlaban felizmente 
mientras Yura caminaba con los pre- 
ceptores hacia su nuevo cuarto. Estaba 
pintado en diferentes tonos de verde, y 



tenía camas con colchas de varios colo- 
res brillantes. Le dieron su propio rope- 
ro para guardar su escasa ropa y un 
espacio en un closet. Miró alrededor 
hacia las ventanas grandes que no tení- 
an barras sobre ellas. ¿Estoy soñando? se 
preguntó. Pero no estaba soñando. El 
Hogar Arco Iris para Niños sería su casa 
hasta que encontrara un hogar nuevo. 

— Me gusta aquí — dijo Yura — . Los 
niños son amables, y los preceptores nos 
tratan bien. Si hacemos algo mal, no nos 
golpean. Nos hablan y nos enseñan lo 
que es correcto. Y en vez de ser un hijo 
único, ahora tengo 25 hermanos y her- 
manas. ¡Por fin tengo una familia! 

— Los sábados, un grupo de adoles- 
centes nos vienen a visitar. Nos ense- 
ñan cantos de Jesús y nos cuentan his- 
torias acerca de Dios. Estoy aprendien- 
do que cuando me sentía solo y olvida- 
do, Dios estaba conmigo. Cuando sen- 
tía que era el niño de nadie, Dios me 
llamó para ser su niño. Estoy apren- 
diendo a orar y hablar con Dios de las 
cosas que me pasan. Estoy muy con- 
tento de haber encontrado un lugar en 
el Hogar Arco Iris para Niños. 

Niños y niñas, estoy muy contenta 
de que Yura sepa que es un hijo de 
Dios. Todos somos hijos de Dios, por 
lo tanto Yura y los otros niños en el 
Hogar Arco Iris para Niños son nuestros 
hermanos y hermanas. Oremos por 
ellos esta semana y pidámosle a Dios 
que los ayude a conocer a su hermano 
mayor, Jesús. 

La próxima semana conoceremos a 
otros niños que viven en el Hogar Arco 
Iris para Niños. Asegúrense de venir 
para escuchar sus relatos. 



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